Hacia una nueva narrativa.

Narrativa del siglo XX. La renovación de la novela.

Después de vivir una de sus etapas doradas, la novela del siglo XIX comienza a evolucionar en direcciones distintas con la llegada de la nueva centuria. Dos tendencias principales marcan el desarrollo de este género durante los comienzos del siglo XX: por un lado están quienes siguiendo los modelos del siglo anterior y los orígenes de los propios escritores siguen escribiendo novela realista. Dentro de esta novela realista encontraremos a su vez diversos grupos: existencialistas, el realismo socialista o marxista, la novela histórica, el realismo mágico, el neorrealismo italiano, etc. En el otro extremo se hallan quienes rompen con la tradición realista e innovan en la forma y el contenido de las novelas. A este segundo grupo pertenecen los vanguardistas, los renovadores, los creadores de la novela experimental o la generación perdida norteamericana.

La novela realista: sus continuadores en el nuevo siglo.

Una de las derivas del Realismo lo constituyó el Naturalismo, otras se dirigirán más hacia la crítica social. Debemos recordar que muchos de los autores realistas del XIX siguen con su obra a comienzos del XX.

Henry James.

Escritor norteamericano que en sus viajes toma contacto con Maupassant y Balzac. Preocupado por la forma, cuida mucho su estilo. Se caracteriza asimismo por una gran complejidad en la construcción psicológica de los personajes. Juega con el ritmo y el punto de vista narrativos, lo que implica profundamente al lector en la recreación de la narración.

Joseph Conrad.

Escritor británico de origen ucraniano. Su experiencia en la marina le sirve para los escenarios de sus novelas, enraizadas en la aventura. El análisis de culturas lejanas a la occidental, los dilemas morales o la eterna lucha entre el bien y el mal se muestran como ejemplos para la civilización de occidente. Recupera al narrador en primera persona y se ejercita en los saltos temporales. Obras destacadas son Nostromus o El corazón de las tinieblas.

Nuevos géneros novelescos.

Siguiendo las técnicas introducidas durante la etapa del Realismo y adaptándolas a las nuevas creaciones surgen las novelas de aventuras, la policíaca o la de ciencia ficción. Julio Verne (20.000 leguas de viaje submarino, Viaje a la luna, La vuelta al mundo en 80 días, Cinco semanas en globo, La isla misteriosa). H.G. Wells con El hombre invisible, La guerra de los mundos o La máquina del tiempoRudyard Kipling, británico que recoge como nadie la vida en la India, escribe El libro de la selvaMark Twain quien, además de sus libros ambientados en el Misisipí, compone Príncipe y mendigo o Un yanqui en la corte del rey ArturoArthur Conan Doyle quien ostenta la paternidad de Sherlock Holmes y que escribió El mundo perdido, novela de aventuras.

Narrativa en las Vanguardias.

Irrumpiendo contra la tradición de imitar la realidad que suponía el Realismo, las vanguardias proponen como ejes principales la experimentación y la glorificación de la forma. Los rasgos que caracterizan a la narrativa de vanguardia son: la fragmentación, la deshumanización del personaje, la implicación activa del lector en la reconstrucción de la trama, el escenario, la personalidad de los protagonistas, etc., o la voluntad de mostrar el propio proceso de escritura.

Expresionismo: se manifiesta notablemente en el cine, pero también en la novela. Así se intenta buscar lo objetivo de la realidad mediante su deformación (el esperpento deValle), la expresión de la angustia o la soledad, como le ocurre a los personajes de Kafka, Thomas Mann o Herman Hesse.

Dadaísmo: la ruptura de las reglas tradicionales y la provocación es su principal finalidad. Encontramos buenos ejemplos en los franceses André Breton o Louis Aragon.

Futurismo: el canto a la máquina, la velocidad y el progreso industrial se unen a la exaltación de la técnica, la ciudad o el deporte.

Surrealismo.

Se considera inaugurado con Nadja, novela de André Breton. La técnica surrealista abarca diversos juegos literarios: la escritura automática, la introducción de elementos cotidianos en la construcción narrativa, el recurso al inconsciente y el mundo onírico, y por encima de todo el empleo concienzudo de la fantasía.  El Surrealismo es notable en Francia: Jean Cocteau, Louis Aragon o Philippe Soupault. En España podemos apreciarlo en las obras de Gómez de la Serna, Antonio Espina o Benjamín Jarnés. Cierto poso surrealista puede escudriñarse en los orígenes del realismo mágico que tanto se prodigó en lengua castellana a ambos lados del Atlántico: Azorín, Baroja, Cortázar o Carpentier.

Los grandes innovadores en la novela.

Nuevos postulados edifican la que en el ámbito anglosajón se denomina “novela modernista”. Sin suponer una ruptura tan radical como habían supuesto las Vanguardias, sí adopta de estas algunos de sus logros expresivos. Esta nueva narrativa inglesa engloba tanto a los autores británicos como a la denominada generación perdida norteamericana. Por otro lado, el movimiento se extiende por Francia y Alemania, donde hallaremos dos nombres de importancia capital para la novela de este período: Marcel Proust y Thomas Mann.

A lo largo de la historia de la narrativa encontramos autores que representan un cambio de tendencia. El fin del Realismo llega a través de la innovación radical en la línea narrativa, en una nueva concepción de la forma. Así, James Joyce es quien introduce a la novela en la era contemporánea. La ciudad de Dublín es el centro de sus relatos; todos los detalles de la pequeña capital irlandesa colmarán las ansias narrativas de Joyce. La obra del irlandés es breve pero de enorme transcendencia: Retrato de un artista adolescente contiene tintes autobiográficos que se nos transmiten a través del protagonista. En Dublineses domina el pesimismo y la muerte; mientras que en Ulises se aprovecha el marco de la obra clásica para jugar con el manejo del tiempo narrativo. La acción de esta última novela transcurre en 24 horas, donde se entremezclan las profusas descripciones con el agudo tratamiento de los sentimientos y diálogos de los personajes, que a su vez reflejan sus motivaciones psicológicas y muestran incluso sus diferencias lingüísticas.

En Inglaterra se crea el Círculo de Bloomsbury, un grupo de intelectuales progresistas que buscan el placer estético a través de la creación artística. Dentro de este grupo encontramos a filósofos como Bertrand Russell, economistas como J. Maynard Keynes, o escritores como T.S. EliotVirginia Woolf. Esta última concentra en su novela tal dosis de sensaciones y circunstancias evocadoras que por encima del argumento, el lector se queda con el sabor de un todo etéreo que rodea a las novelas. Son importantes los sentimientos íntimos de los personajes, el monólogo interior y el estudio de la conciencia. Entre sus obras destacan Las olas o Alfaro. Coetáneos de Woolf lo son otros autores que se ejercitan en la novela fantástica como J.R. Tolkien con El señor de los anillos o C.S. Lewis y sus Crónicas de Narnia. Novelistas que critican el avasallamiento del individuo en la sociedad moderna son Aldous Huxley con Un mundo feliz o George Orwell con 1984 y Rebelión en la granja.

En Francia esta renovación de la novela se debe a la mano de Marcel Proust. En sus obras se trata profundamente el aspecto psicológico de los personajes que ya se había avanzado en los escritos de Zola, Stendhal o Dostoievski. Proust, un dandi aristocrático, refinado y sin ninguna preocupación en lo material, no fue bien acogido en principio dentro de los círculos literarios dominados por las rebeldes vanguardias. Consagra prácticamente toda su carrera a la redacción de En busca del tiempo perdido, obra monumental en la que el lector es dirigido por un narrador en primera persona que refleja numerosos elementos autobiográficos y a la vez permite penetrar en la complejidad psicológica de los personajes. Recogiendo influencias de los pintores impresionistas, hay momentos en la novela en que apenas se trazan unas pinceladas sobre el carácter de los personajes para realizar su descripción completa. En esta obra caben desde el tratamiento de las concepciones artísticas hasta el acercamiento a las últimas tendencias filosóficas de Freud o Bergson acerca del subconsciente.  Otro francés renovador fue André Gide, precisamente crítico con Proust en sus inicios. Gide influyó notablemente en sus coetáneos a través de sus reflexiones sobre la moral, la libertad y la conciencia. Su obra más conocida es Los monederos falsos de 1935, en la que acomete la tarea de mostrar qué es escribir una novela y el papel del escritor.

La angustia existencial caracteriza a buena parte del arte alemán a comienzos del siglo XX. La potencia centroeuropea se rearma incesantemente en los primeros decenios del siglo y los novelistas en lengua alemana se inclinan hacia el expresionismo que refleja el fin del mundo, la penuria, la enajenación del individuo en una sociedad industrializada y absobida en el anonimato de las urbes, etc. De entre estos escritores surge la figura de Thomas Mann quien renueva la novela a través de la introducción en la misma de la reflexión. No cree en el arte deshumanizado, muy al contrario defiende la completa inmersión de lo humano en la narrativa. Su primera novela, Los Bruddenbrook, es un estudio del hombre burgueés de su tiempo. La tensión entre el individuo y la sociedad que lo agobia se aprecia también en Muerte en Venecia y Doctor Faustus. Es otro de los autores que reflexiona sobre el papel del artista en la socieda moderna. Su enfrentamiento con el régimen nazi lo obliga al exilio. De todas sus obras destaca La montaña mágica donde se acumula su conocimento lingüístico del alemán, el simbolismo, la ironía, así como las indagaciones filosóficas sobre los temas fundamentales que siempre han estado presentes para el hombre: la muerte, el tiempo, el dolor, la pasión, etc.

Capítulo aparte merecería el checho Franz Kafka. Su particular visión de la realidad y la manera magistral con que lo traslada al papel, lo convierten en un autor singular dentro de la narrativa europea del siglo XX. La angustia y lo absurdo se entremezclan de forma casi ordinaria en su obra, logrando un efecto sorprendente en el lector, quien desde las primeras líneas de sus cuentos o novelas se ve identificado con los protagonistas. Posee el don peculiar de saber captar lo extraño de la realidad, aquello que causa alienación al común de la sociedad, lo que reviste rasgos de anormalidad dentro de una estructura que se supone civilizada. Por otro lado, añade el elemento de lo siniestro, lo malvado consciente o el que más pavor provoca, el malvado indiferente, aquel que escudándose en el bien común comente cualquier tropelía contra la dignidad humana. Estos aspectos son tratados de manera más que evidente en La metamorfosis, donde se concentra en la condición del ser humano. La crítica a la arbitrariedad de la administración de justicia aparece en El proceso, o a la creación misma de las leyes en El castillo. Kafka también inclina su mirada hacia el interior, hacia las construcciones del subconsciente y administra las sensaciones de carga irracional tanto de los personajes como del propio lector. Relacionados con estos dos elementos, los relatos se cargan de elementos oníricos de los que brotan, en muchas ocasiones, los sentimientos más profundos de los personajes.

Kafka se aleja de una prosa barroca o inútilmente adornada. Sus periodos son sencillos y directos, logrando con ellos una implicación instantánea del receptor. Así, la desesperación, la angustia, la impotencia, la culpabilidad o la frustración fluyen de manera natural de los personajes al lector y viceversa. Su obra constituye sin duda alguna uno de los conjuntos literarios más influyentes del siglo XX.

La generación perdida norteamericana.

La década de los años veinte mostró como ninguna otra hasta el momento qué eran los Estados Unidos. La forma de vida basada en una sociedad industrializada y consumista, donde la publicidad se había convertido en una más de las necesidades informativas, eran el fiel reflejo del éxito del modelo norteamericano construido sobre los pilares de la libertad, el bienestar, el trabajo y el ánimo emprendedor individual. Como ocurriera con el Imperio español de los Austrias, esta apariencia escondía bajo sus alfombras no pocos problemas sociales, marginalidad, racismo, delincuencia y una sorprendente capacidad de sobrellevar la hipocresía. Sumidos en este ambiente enmascarado, los escritores norteamericanos encontraron su propia evasión en la capital francesa. Por aquel entonces París era el centro de un país victorioso en la Primera Guerra Mundial, se respiraba ilusión en las orillas del Sena y los barrios eran testigo del casi hacinamiento de los artistas, tal era su abundancia en cafés, teatros, tertulias, exposiciones, cabarets y otros locales de no muy buena reputación. La casa de Gertrude Stein, notable mecenas y escritora, era uno de los centros de reunión más destacados de esta época. En este lugar se encontraban Paul Valéry, Picasso o André Gide. A estos se unieron un grupo de jóvenes norteamercianos que se ganaban la vida con la escritura: Ernest Hemingway, Scott Fitzgerald, John Dos Passos o Ezra Pound. La propia Stein fue quien los bautizó como la generación perdida, por considerarlos en busca de algo no muy bien definido y por ello desorientados.

William Faulkner y John Steinbeck, junto a Dos Passos, Fitzgerald y Hemingway, serán quienes marquen el nuevo rumbo de la narrativa norteamericana. Desencantados con el ambiente social sin normas morales claras, que en la música sabe definir tan bien el jazz, además de una depresión económica que favorece a los aprovechados y las mafias del crimen organizado aliadas con políticos corruptos que convierten la democracia fáctica en una falacia moderna, todo ello los conduce a implicarse políticamente de manera directa y desde el punto de vista narrativo a distanciar al narrador de la acción argumental, convirtiéndolo en un testigo que se sitúa en el mismo nivel de conocimiento de los personajes que el mismo lector.

Ernest Hemingway publica relatos breves en Europa que anuncian ya el cambio de tendencia. Una prosa llana y vacía de sentimientos abre el camino de un narrador que combina la literatura con los reportajes periodísticos. Se acerca a la cultura española y es un gran admirador de las tradiciones hispanas, las cuales refleja en Fiesta (1925) que se desarrolla durante las pamplonicas celebraciones de San Fermín. En esta novela los personajes se hallan desorientados y sumidos en una aventura sin derrota clara. En sus obras más célebres el narrador cede el protagonismo a los diálogos de los personajes, las descripciones lo invaden todo no dejando apenas espacio a la indagación sentimental, pero sí a notas autobiográficas del autor. Esto podemos comprobarlo en Adiós a las armasMuerte en la tardeEl viejo y el mar o Por quién doblan las campanas.

Francis Scott Fitzgerald conoció el éxito literario y una vida lujosa que lo condujo a sumirse en el alcohol y a un final trágico. Escribió relatos cortos y cinco novelas en los que eleva al mito el mundo del jazz, el placer y el dinero. Su obra más conocida es El gran Gatsby (1925). En ella el narrador ocupa el lugar de un personaje secundario que se ve inmerso en la trama de manera tangencial. Su destreza narrativa se esconde también tras unas muy logradas descripciones y la construcción minuciosa de sus diálogos. 

John Dos Passos se concentra en las innovaciones técnicas. Conoce a los vanguardistas españoles cara a cara en Madrid. La ciudad como protagonista de las novelas aparece en Manhattan Transfer (1925). Diversas técnicas se extraen de su redacción: la fragmentación, el encadenamiento de las acciones siguiendo esquemas de los montajes cinematográficos o la simultaneidad de acciones. 

John Steinbeck. Introductor de la visión comprometida con la realidad social del momento, en sus relatos se aprecia su preocupación por el modo de vida de los campesinos rurales, los emigrantes o los huelguistas. Esta protesta contra el modelo social de vida norteamericano aparece en Las uvas de la ira. Escritor asismismo de guiones cinematográficos, sabe moverse con fluidez del drama a la comedia. Obras suyas representativas lo son también: Al este del Edén o La perla.

William Faulkner escribió desde su refugio del sur de Estados Unidos. Es uno de esos escritores que crea un mundo imaginario cargado de símbolos que le son intrínsecos de modo que se crea una particular mitología. Esta creación sitúa a Faulkner como puente entre los escritores precedentes y los que han de llegar en la segunda mitad del siglo XX. Se recupera la multitud de puntos de vista narrativos, la ruptura de la linealidad cronológica o la multiplicidad de voces en la presentación de la trama. Entre sus obras destacan: El sonido y la furia (1929), Santuario (1931) o Absalón, Absalón (1936).

© Francisco Javier Varela Pose.

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Una respuesta a Hacia una nueva narrativa.

  1. Cristina Alamillo dijo:

    ¡Qué buenos recuerdos me traen estar repasando esto! :)

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